Una cosa es la obligacion, otra la auto-obligacion, y otra es pagar para que te obliguen. Como comprar acciones.
Seguiremos creyendo que somos los primeros y a veces diremos que somos los ultimos, pero en realidad sabemos que somos de los del medio.

No sabía si eso era su casa o el infierno.
Todo teníia un aire teatral. Como un escenógrafo planifica una secuencia, alguien había dejado caer una ciudad encima de la jungla.
A pocos metros de las nubes los turistas sacaban fotos a un montón de ladrillo que parecía auto masticarse. Pasaban las manos entre los hierros de las alambradas y enfocaban hacia abajo. La sueca rubia se quejaba a su novio del dolor de pies. El italiano alto no sabía que sus amigos lo odiaban. Al judío se le enredaban las trenzas con los prismáticos. La china demasiado maquillada se equivocaba al hacer las fotos y cuando intentó anular el flash con una sola mano, al otro lado de la valla, le resbaló la cámara. No se había puesto la pulsera aseguradora. En el video que gravaba el hispano oscuro salía en primer plano como el pulgar de la chica buscaba el flash, como le perdía el agarre y como la cámara volaba hacia abajo. Y el grito que hizo. Y como se quedó pálida.
Me pica el ojo derecho. Es un picor de calor. Lo noto caliente e hinchado. Yo me rasco a lo bruto. Se de sobras que lo mejor es no rascarse. Aguantar. Autocontrol. Pero ahora no quiero. Pongo el blando de la palma de la mano encima del ojo cerrado. Lo muevo presionando. Me rasco el párpado, el lacrimal, el borde de los parpados, el blanco. Noto las pestañas en sitios nuevos. Paro cuando duele demasiado. Tardo unos momentos en recomponerme, asoma una lagrimilla. Lo siento otra vez, empieza en el párpado inferior, por la parte de dentro. El ojo esta hinchado y cada vez se separa más, hasta noto ligera brisa. Pica, se extiende rápido. Pica, Pica. Rozo un poco con el hombro. Mal. Pica más. Pica. Pica. Pica. Pica. Pica. Pica.
Estaba en un avión enorme con solo dos butacas muy alejadas entre si. Comía cacahuetes y miraba por la ventanilla. Al otro lado, donde sería primera clase, Gloria Moreno le hablaba pero con el ruido del motor no entendía lo que le decía.Le acompañó en el aeropuerto mientras esperaba que saliera su siguiente vuelo cuando Gloria tropezó con unos trozos de asfalto y cayó al mar. Él rompió a carcajadas, lloraba de risa mientras ella nadaba hacia la costa.
Margaret le agarró del hombro y le llevó junto a un montón de niños vestidos con camisetas naranja butano. A gritos le dijo que se pusiera su camiseta, que si no se perdería. Intentaba hacerle entender que él no era de ese grupo, que se confundía, que no estaban esperando la llamada para el mismo vuelo. Pero Magaret no le escuchaba, metió una mano en su mochila y sacó una camiseta naranja, dijo: "
Le empujó dentro del baño y le alargó la camiseta, "¡entra y cámbiate! ¡ya estoy harta de esperarte!" él intentaba cerrar la puerta y dejarla a ella y a la camiseta fuera, pero su pelo rubio rizado y su brazo se colaban dentro. Cerraba la puerta con fuerza contra su brazo, daba golpes y veía como ella seguía intentando meter la camiseta dentro. Gritaba y le reñía, nunca había visto a esa rubia enfadada y menos de esa forma, tan violenta, tan mala.
Al fin cerró la puerta, se miró al espejo y se vio los ojos rojos. Se acercó y separó el párpado para ver si se le había metido algo. Sí, en el lacrimal tenía un punto blanco, con cuidado frotó con el dedo. Tiró un poco, sentía picor detrás del ojo, ahí donde toca con el cerebro, siguió tirando, iba saliendo un hilo que parecía lana mal hilada, seguía y seguía y el hilo pronto llegaba a la altura del grifo. Margaret no paraba de gritar desde el otro lado de la puerta cada vez con una octava más alta.
Los altavoces empezaban a anunciar su avión...


Si es que lo que quería era poco más que tener algo que él quisiera. Que cuando él fuera en metro se le quitaran ya las ganas de empujar a la vía a la gente que no le dejaba pasar. Que no se repitiera otro jueves como aquél en que un señor con un corte sangrante en la mejilla le pidiera tabaco y le dijera, ‘es que estoy muy mal, macho’, mientras Carlitos era arrollado por un coche. Que se acabaran los lunes en que su cuerpo se lo tomaba todo muy en serio y le fundía a media clase. Que no se le acartonaran los mofletes de sonreír.
Su mamá le enseño a absorber las cosas, y eso a la gente le gustaba.

Pues en una semana llegó a tener dos pesadillas. En una se moría toda su familia y en el otro un hombre le esperaba con una carretó, una caja bacía de fruta y una cuerda para atarlo y llevárselo. Y además ahora ya solo comía cruasans de chocolate y naranjas.
Bajando las escaleras del metro tenia un señor delante. Desde ahí, vio que el pitido de cerrar las puertas empezaba a sonar. El señor parecía moverse a izquierda y derecha a propósito para cerrarle el paso. El caso es que cuando logró esquivarlo las puertas se habían cerrado. Se giró, miró el señor, se quitó los auriculares y gritó: “JODER!”.
Llegó al trabajo con todos los síntomas de gripe y un ojo tejido de venas. Después de 2 días amargos puso uno tras otro los mejores discos que tenía. La ventaja de eso es que así podía mantenerse dentro de su cabeza y no tener que hacer mucho caso a nadie, a toda esa gente que se veían en blanco y negro.Tomó café caliente y tosió justo cuando tragaba, sonó “Lágrimas Negras”. Rechazó a la que empujaba en el baño, por llevar una ropa muy fea, algo así le parecía insultante.
Al caer la noche, una rusa, un colombiano y una rubia aparecieron. Se alegró de ver algo de color ese día. Les ofreció ginebra y ron añejo para festejar muchas cosas.
En el otro trabajo el maestro lo trituraba a diario. Tras horas de atención siempre destrozaba algo.
También podía ser que le tumbara a envidia o que le dejara sintiéndose una bestia horrible de otro mundo.
Los reyes le trajeron muchas cosas.
A algunos amigos y familiares les pareció que no era buena idea que un niño tan pequeño tuviera tantos regalos.
Y acertaban.
Ése, que sólo había pensado tres o cuatro veces en temas sado-masoquistas estaba ahora en su habitación pensando un lugar adecuado sobre su piel para poder estrenar la grapadora.
Antes había probado una buena cucharada de pintura blanca. La vio tan espesa y brillante que sintió ganas de saborearla. Le quedó la boca llena y la pintura se pegaba cremosa a su lengua, paladar y dientes y le obligaba a respirar poco y profundo.
El antebrazo diestro. Por encima, porque por debajo había muchas venas y le daba cosa. Arrastró un ‘aaah’ flojito y grave. Solo un poco de palanca con la punta de un boli y se liberó. Una herida limpia y un poco de moratón rojizo. Curaría rápido.
Después de descubrir porqué llora Jacques Brel, asistió a funeral ajeno. Cumplió un papel alegre y comprensivo. Cerca, bebió ron hasta el momento en que ya no sabía si la gente se reía de él o con él.
Él y su él, se fueron a mi lo. Sus llegarían pronto.
Pero esa tarde tenía frío y sospechaba que eso iría en su contra. Además podría dar todo el dinero que ganaba, pero las cosas no se hacían así, mayor Tom, y a veces es mejor seguir las normas.
Y por la noche vio tal explosión de amor entre sus amigos y sus parejas que cuando se dio cuenta tenía las manos bajo el estómago, con lo dedos anudados, sudados, clavándose las uñas en las palmas. Cuando podía le aplaudía el pelo a la chica de delante, a la que rozaba el culo con el paquete sin remedio y en cuya melena rizada no le hubiese sorprendido encontrar a Hans con su familia.
Pensó en sus dedos rechinando y los recordó en la misma situación un par de semanas atrás tumbado sobre la camilla de un dentista que se cría que las articulaciones de las mandíbulas son elásticas.
Ese mismo día, el del dentista, soñó durante una siesta ante los ñues del Serengueti que el dentista hacia tanta fuerza con el minitaladro contra su muela que se le escapaba y le abría la encía. Despertó asustado oliendo metal de sangre.
De eso no hace tanto, pero ahora estará en su casa pensando como hacían aquellos: "os quiero a todos igual, y a algunos más".
Era media tarde y había 28 grados en la ciudad.
Salió con el pelo mojado hasta la salida del metro. Llegaba pronto. No. Llegaba puntual. Es decir, tarde, pero no lo suficiente como para que ya saliera con las manos en los bolsillos escuchando música en los auriculares.