
En unas horas tenía que estar en el aeropuerto otra vez. Esta vez la maleta iba a estallar. Prometía salpicar de jerseis y calcetines a todos los que estuvieran cerca. Se decidió a visitar la ciudad de su amiga Fiodorovna, allí arriba donde hace frío y hablan raro. Seguro que los estornudos y la fiebre se van cuando huela a comunista.